lunes, 14 de agosto de 2017

UNA INTERPRETACIÓN HEBREA DEL TERCER GRADO


Rubén Baidez Legidos
En esta entrada del blog quiero ceder la palabra a un buen amigo mío, graduando en Teología en la Universidad Pontificia de Comillas (y protestante): Rubén Baidez Legidos. Empiezo a convencerme sinceramente de que uno de los problemas que los españoles tenemos para dar a la Masonería su verdadero significado radica en el desconocimiento total que el masón español, de formación por lo general católica, tiene del Antiguo Testamento. No voy a entrar a juzgar las razones por las que las Iglesia Católica (que es mi Iglesia, y razones cuya lógica comprendo) prefiere que la Biblia sea tamizada a los feligreses desde el púlpito. Pero, en el caso de los masones, esto nos deja en franca desventaja con respecto a los protestantes, ya que formamos parte de una orden cuyo simbolismo es fundamentalmente veterotestamentario, al tiempo que no tenemos hábito exegético ninguno.

Pensaba presentar esta conversación en torno al Tercer Grado como algo fortuito. Pero la verdad es que surgió en el Cementerio Nuevo de Benidorm. Rubén y yo habíamos acudido a rendir un último saludo a un amigo común, y se ve que las circunstancias y el lugar hicieron surgir el tema del grado de Maestro Masón. Como masón que soy tengo mi idea clara acerca de lo que se representa en el Tercer Grado, pero me sorprendió mucho escuchar una explicación simbólica tan coherente por parte de alguien que conoce en profundidad el Antiguo Testamento y está familiarizado con la mentalidad y los usos hebreos. Le pedí que me lo enviase por escrito para incluirlo en el blog, y aquí está. Espero que lo encontréis tan interesante como lo encontré yo.


Alberto Moreno




UNA INTERPRETACIÓN HEBREA DEL TERCER GRADO


La tradición en las iniciaciones mistérica nos deja un presupuesto teológico muy claro y definido, según el cual el ánima con el que nuestro cuerpo se ve “animado” tiene una existencia pre-terrenal y en cierto modo supraterrena. Esta idea la vemos recogida y muy bien expresada como paradigma de esta creencia en la filosofía del mismísimo Platón en obras tales como el Fedón[1], diálogo en el que se relata las últimas horas de Sócrates en la tierra, sus últimas palabras y conversaciones con alguno de sus amigos o en otras como el Menón.

Platón
La idea fundamental de la que parte Sócrates, Platón e incluso los pitagóricos es la misma que encontramos en la concepción religiosa del momento. El alma es concebida como algo distinto al cuerpo (dando lugar así al dualismo entre cuerpo (sôma) y principio vital llamado: alma (psique)). El alma tendría una existencia pre-terrenal y en cierto sentido pertenece al orden de las cosas eternas, mientras que por otro lado, el cuerpo atado a la materialidad es perecedera y cambiante. Es así pues, como el cuerpo se transforma en la tumba, prisión o simple vehículo de nuestro ente espiritual y eterno.
Pero ¿Cómo llega el alma al cuerpo? Según la tradición, el alma de forma accidental o más bien por cierto “pecado original” se ve abocada a la pérdida del paraíso metafísico en el que se encuentra de dicha plena, para verse precipitada a esta cárcel inerte y oscura de materialidad. El alma en este proceso de “encarnación” olvida su auténtica identidad espiritual y su existencia pre-terrenal[2]. Teniendo en cuenta esto, el método mayéutico usado por Sócrates adquiere un mayor sentido que el de simplemente dar a luz ideas. Sócrates lo que hacía era ayudar a la propia alma de dialogante con el que tenía lugar a recordar (proceso de reminiscencia) aquello que ya sabía pero que olvidó en este proceso de encarnación. Pues el alma conocía perfectamente todas las cosas. Debemos recordar aquí la teoría de las ideas, que no deja de ser también una referencia a un alma que saliendo en cierto modo del cuerpo se encuentra con la luz del bien que le permite conocer de forma correcta todo lo que hay.
Estas ideas aunque en la actualidad puedan parecernos extraños para la Atenas de aquel tiempo no lo eran. Estos presupuestos eran habituales en los ritos de iniciación anuales al culto a las diosas Deméter y Perséfone que se celebraban en Eleusis[3] (cerca de Atenas), en la antigua Grecia o en los ritos órficos o en las bacanales dedicadas al dios Baco.


Ruinas de Eleusis


Estos ritos usaban un método de docencia muy característico basado en explicaciones mitológicas, que pretendían dar sentido y respuestas a inquietudes propias de la existencia humana, como por ejemplo: de dónde venimos, hacía dónde vamos y cuál es el sentido de estar en esta vida. 
Así mismo lo expresó Pindaro, iniciado en los misterios de Eleusis:

“Bendito es aquel que, habiendo visto estos ritos,
toma el camino bajo la tierra.
Conoce el final de la vida,
así como su divino comienzo.”[4]

O incluso el propio Cicerón:

“No solo hemos encontrado ahí la razón para vivir más alegremente
sino también que podemos morir con mayor esperanza.”[5]

Según nos dice Hoffman: “Los iniciados a menudo experimentaban en visiones la congruencia del principio y el final, de la vida y la muerte, la totalidad y el eterno campo generativo del ser. Tuvo que haber sido un encuentro con lo inefable, un encuentro con lo divino, y solo podía ser descrito con metáforas. Es sorprendente que la experiencia eleusina es descrita una y otra vez en antítesis: oscuridad y luz, terror y beatitud. Esta ambivalencia también es evidente en otras descripciones como la de Aelius Aristides, que dijo que Eleusis era:

La más acongojante e iluminadora de todas las
divinas cosas que existen entre los hombres.”[6]

En los ritos órficos el mito es otro pero la idea subyacente es la misma. Se habla de un alma proveniente de los dioses y un cuerpo material corrupto. En la iniciación al candidato se le revelaba una leyenda simbólica que encerraba toda la “gnosis” esotérica del misterio, el cual se daban afirmaba esa eternidad del alma que proviene desde otra dimensión a la sensitiva y una clara esperanza con la cual el ser humano no se queda en esta, sino que puede encontrar el camino de regreso a casa. Incluso esta idea se encuentra en rituales masónicos como el rectificado, en el cual en el primer grado se le presenta esa columna rota que teniendo su base en tierra, perdió la conexión con el cielo y es tarea del obrero masón de reconstruirla.
El iniciado órfico tras conocer la verdadera naturaleza de su ser, se da a un proceso de purificación largo que se realiza tras varias transmigraciones del alma o metempsicosis.
La finalidad de esta purificación es la de ser capaz de dominar sus pasiones e instintos para que una vez se haya fallecido el alma que se dirige al Hades encontrándose sedienta sea capaz de contenerse ante la primera fuente de agua que encontrará denominada “Olvido”. En ella beben casi todos los seres humanos que no aprendieron a dominar sus pasiones, deseos y no fueron lo suficientemente instruidos (es decir los no iniciados). Precisamente  esta agua es la que les hace olvidar su “vida” y “experiencia vital”, y el hecho de no recordar es lo que les hará de nuevo volver a esta tierra. Por otro lado, los “verdaderos iniciados” poseyendo el verdadero conocimiento en materia de estas cuestiones metafísicas y teniendo el sumo control de su yo, es capaz de continuar su camino, tras el cual encontrará una segunda fuente llamada “Memoria” en la cual podrá apaciguar su sed. Esta agua tiene la capacidad de dotar al que la bebe de sellar en sí eternamente el recuerdo de su vida. Prosiguiendo por este sendero, el siguiente encuentro será con un dios. Aquellos no instruidos lo suficiente y que bebieron del agua “olvido” serán condenados de nuevo a  la reencarnación o bien con la metempsicosis, en cambio aquellos que alcanzaron el nivel óptimo de catarsis y fue capaces de liberarse de los vicios propios de la carnalidad, renunciando a la primera fuente y apaciguando su sed en el agua de la “memoria” responderán:

“Yo soy un ser inmortal como tú, pues soy hijo de los dioses”.

Tras esto saludaban al dios de una determinada forma y manera que les hacía reconocibles a los dioses. Estos toques y saludos, les eran enseñados a los iniciados en los propios rituales.


Con esta idea como base de la concepción teológico religiosa de Grecia, la lectura que podemos hacer de la inscripción del frontispicio del Templo de Apolo en Delfos ΓΝΩΘΙ ΣΑΥΤΟΝ (Conócete a ti mismo), adquiere una dimensión aún mayor que la que desde la modernidad podría otorgársele. “El conocerse a ti mismo” no es tan sólo el auto descubrimiento o reconocimiento de uno mismo. De su cuerpo, de sus defectos, su carácter, etc., sino que en el mundo clásico tiene que ver con ese descubrimiento de eternidad con el que el hombre es habitado. Es decir, tú no eres tu cuerpo o aquello que alcanzan tus sentidos a percibir, hay una realidad metafísica que es más verdadera que la que puedes percibir a simple vista. Tu alma proviene del mismo lugar de los dioses y tu hábitat natural no es este mundo por el cual peregrinas.

En masonería, el viejo adagio de “Conócete a ti mismo será un tema transversal de todo el primer grado. Como bien apunta Javier Otaola en su libro Ser aprendiz, aprender a ser la primera pregunta a la que se enfrenta el candidato en el umbral de la puerta de la logia es: ¿Quién va?[7]. Esta cuestión apunta ya hacía una reflexión que tendrá que hacer el candidato a raíz de este primer grado y es precisamente dar respuesta a quién es.
Esta reflexión no queda en este ejemplo como caso aislado, sino que este hecho se reitera de nuevo en la ceremonia de iniciación del candidato, en otro momento del ritual cuando el Venerable insta al candidato a buscar enemigos entre los miembros de la Orden, momento seguido sucede que el Venerable Maestro expresa: «No es siempre delante de uno que se encuentran los enemigos. Los más terribles, muchas veces, están detrás. ¡Volveos!». Momento en el cual el recién iniciado empieza a comprender que él es su peor enemigo y que la única vía que se le ha concedido para alcanzar la verdadera libertad es la que parte desde el conocimiento de uno mismo. O bien porque el hombre es un ser bueno por naturaleza pero corrompido por la sociedad como afirmaba Jean-Jacques Rousseau o bien porque su naturaleza es mala como entendió Hobbes, la única vía de salir de ello es por medio del conocimiento y educación. Por supuesto, el conocimiento parte del nosce te ipsum.
La masonería, al contrario que en los cultos mistéricos que si configuraban un corpus de creencias y conocimientos esotéricos de soteriología, no tiene un compendio doctrinal que creer, pero esto no quiere decir que no la celebración ritual no tenga presupuestos teológicos desde los cuales se idearon o configuraron dichos rituales. En el primer grado, la ceremonia de iniciación insta desde el principio al neófito a indagar tras “piedra” material de nuestro propio cuerpo sensible hasta llegar a conocer esa realidad metafísica que nos es propia y nos compone que va más allá de lo puramente sensitivo[8]. Esto quiere manifestar y declarar desde un comienzo que la masonería postula la creencia de un alma trascendente y no queda atrapada en postulados materialistas. Esto es altamente evidente cuando en la propia ceremonia lo primero que se hace es tener que afrontar la prueba de la tierra, no habiendo mejor metáfora para referirnos a lo que aquella cámara de reflexión simboliza: la propia tumba del recipiendario. Allí pacientemente queda a la espera de que le guíen en este proceso ceremonial, elaborando un testamento con ideas que serán pasadas por el fuego, haciéndole evidente que hasta sus propios pensamientos han pasado a mejor vida. El hermano terrible o experto pasa a buscarlo y lo presenta ante el trono de Salomón el cual le somete a un Juicio con interrogatorios de índole moral, para posteriormente pasar por los elementos purificadores  que le permitirán alcanzar la  verdadera luz.


Levantando el Maestro, por Il Guercino (c. 1650)

Esta dramatización está representando de forma fehaciente ideas de ultratumba cristianas en las cuales el que ha fallecido, queda a la espera de ser trasladado por los ángeles (figura del hermano terrible o mistagogo en los misterios antiguos), los cuales guiando al alma ante el trono de Dios esta es sometido al conocido como Juicio final, donde todos seremos juzgados. En este tribunal se determinará la salvación, purificación o condenación del sujeto. Precisamente como símbolo de que lo que se esta representando en este momento no tiene que ver con el cuerpo propiamente dicho, sino con el alma humana el candidato lleva un cordón alrededor del cuello reflejando fielmente la idea del cordón de plata del que se habla en los viajes astrales (cordón usado por el alma para saber volver sobre el cuerpo). Precisamente el detalle más interesante es que en este momento ese cordón ya está roto, pues viene sostenido de la mano del propio postulante a la iniciación. Esta alma tras ser sometido al Juicio de aquel que ocupa el Venerable trono, pasa por diferentes purificaciones antes de poder recibir la luz, que no es otra cosa que la representación de la visión beatífica de los místicos. ¿Pero por qué elementos el alma es purifica? Con los tres bautismos que se enuncian en Mateo 3: 11-12, el bautismo de agua (bien conocidos por todos), el del aire que es el del Espíritu[9] y el bautismo de fuego (este será el acto inaugural de la eternidad).
En este sentido, el primer grado sigue un postulado teológico-religioso en el que el alma actúa de manera independiente al cuerpo. Esta idea sigue la tradición que hemos venido hablando desde el principio. Un alma que no necesita de un cuerpo para subsistir y que tiene vida por su propia naturaleza. En cambio, la idea judía veterotestamentaria sobre este asunto es completamente opuesta a lo hasta aquí expuesto. Según la concepción judía de la muerte en el antiguo testamento y que pasará a muchos cristianos del nuevo, el alma no es independiente del cuerpo, sino un fenómeno unido al mismo. Pero analicemos dicho postulado detenidamente.
Como bien es sabido para los judíos Dios creó el mundo desde la nada (es decir ex nihilo). Incluso los cabalistas afirman que la Torah comienza con la segunda letra del Alefato hebreo que es la Bet (ב). Con ello el autor hebreo pretende expresar que no es la creación no es el principio de todo, sino que a bet le precede alef (א, letra que representa a Dios mismo). Dios creador de todo, hace el mundo y crea al ser humano, desde la materialidad del barro y el aliento de vida de Dios (su ruaj) creando así un alma viviente. Es decir, para un judío no existe el dualismo alma/cuerpo como en el mundo heleno, es todo una unidad. Por esta razón, los judíos no conceptualizan un alma separada del cuerpo y una vez el cuerpo muere el alma queda en un estado de no conciencia que requiere de la resurrección y un nuevo cuerpo. En Eclesiastés podemos leer por ejemplo:

Porque los que viven saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, ni tienen ya ninguna recompensa, porque su memoria está olvidada.

Incluso para el cristianismo primitivo la idea de resurrección es fundamental, como expresa el apóstol Pablo en 1 de Corintios 15: 13-14:

 Porque si no hay resurrección de muertos, Cristo tampoco resucitó: Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

La idea de resurrección no es compatible con la creencia de un alma con vida propia, pues ¿Para qué va a resucitar algo que es eterno y tiene vida por sí misma?
Mientras para que para un griego el alma era eterna para un judío el alma se configuraba junto al cuerpo (por eso a Jeremías, Dios le dice en el vientre de tu madre te formé) y son realidades inseparables.

Esta idea judía se ve claramente representada en el tercer grado del ritual masónico. Cuando Hiram Abiff muere, alrededor de su ataúd se genera una serie de movimientos que representan el movimiento de los astros. El movimiento de los astros no es otra cosa que el tiempo transcurrir. Bien es sabido que del movimiento del sol, transcurre el día y la noche. Alrededor del féretro el mundo sigue su curso. El muerto sigue muerto y nada puede hacer por sí mismo. Está esperando, ¿pero qué espera? Si en el primer grado se identificaba al candidato con el alma, en este tercer grado se identifica plenamente con el cuerpo. Pues bien, el cuerpo no puede levantarse a sí mismo y necesita de un ser extra nos para volver a la vida. Curiosamente es por medio de la simbología del Venerable Maestro y con el toque de maestro que puede volver a la vida. Pero ¿qué tipo de vida es? Es una vida espiritual como nos deja claro el ritual al proclamar: ¡Es nuestro hermano Hiram más reluciente que nunca! Por supuesto está haciendo referencia a la resurrección del cuerpo en otra dimensión. En esta ocasión no tiene cordón. No es un alma. Es un nuevo cuerpo. Esta idea se aleja de las concepciones mistéricas de Grecia que hemos venido hablando y se adhiere a la conceptualización judía de resurrección del cuerpo. Incluso en los protestantes de tradición más anabaptistas, que utilizan el bautismo no como ceremonia de iniciación sino como de pase, el tercer grado les será muy familiar en muchas cosas. Pues el catecúmeno que va a recibir el bautismo, entra en el agua sumergiéndole y el pastor le levanta a una nueva vida con Cristo.
Esta idea se refleja muy bien en la historia de resurrección del propio Lázaro, cuando yaciendo muerto ya tres días y haciendo olor a putrefacto, el Maestro Jesús le devuelve a la vida por medio de su palabra. Recordemos que la palabra de Dios es creadora de vida y de todo lo que hay.


La resurrección de Lázaro, por José de Ribera (Museo del Prado)

Hiram Abiff, representado por el hermano masón que recibe en nuevo grado, necesita del toque del maestro para resucitar y tornar a la vida. Esa capacidad de regresar a la vida no la tiene por sí mismo y no su alma espera “durmiente” ante la llegada del Maestro que le levante de su condición de muerto. Es decir el postulado teológico-espiritual de este grado es contrario al presentado en el primero. Pues mientras en el primero se nos insta a conocernos como eternos, a descubrir esa eternidad que nos habita y que nos dota de ese estado intermedio que bien señaló Platón que nos convierte en seres “terrestiales”, el tercer grado se basa en una concepción judía del asunto en la que el alma no se separa del cuerpo y necesita de un maestro que le devuelva a la vida. Esta idea de resurrección del cuerpo no es única del judaísmo, sino que en otras como las religiones de cananeas o la egipcia (por ello lo de embalsamar o momificar el cuerpo) se encuentran. Incluso en el culto mistérico de Osiris. Por ello podemos afirmar que los mitos y símbolos que se le presentan al candidato de cada grado parten de postulados bien distintos e incluso contrarios de conceptualización, pero que coinciden en una cosa, en una realidad más allá de la existencia terrena dotando al masón también al más puro estilo de los cultos mistéricos de una cierta esperanza en el más allá de la vida material. El mismo Mozart cayó en la cuenta de ello y en la carta que va dirigida a su Padre después de que este se iniciará en la Orden, en la que su hijo expresa sus sentimientos de serenidad y superación del terror a la muerte que sufría tras pasar por su tercer grado.[10]




[1] Obra que el autor Walter Leslie Wilmshurst nos refiere como obra eminentemente iniciática
[2] Hoy en día religiones con la de Los Santos de los Últimos días también afirman algo parecido.
[3] De todos los ritos celebrados en la antigüedad, estos eran considerados los de mayor importancia.
[4] Hofman, A. El mensaje de los Misterios Eleusinos para el mundo de hoy. Disponible en: http://www.onirogenia.com/lecturas/el-mensaje-de-los-misterios-eleusinos-para-el-mundo-de-hoy/
[5] Op. Cit.
[6] Op. Cit.
[7] Otaola, J. Ser aprendiz, aprender a ser. Ed. masónica.es. Serie Roja. Ed. Abril, 2016. Publicada en Oviedo. Pág. 69.
[8] V.I.T.R.I.O.L.
[9] Espíritu en griego pneuma y en Hebreo ruaj tiene en ambos la connotación de aire.
[10] Otaola, J. La Logia y la Ley del deseo. Ed. Atanor. Marzo de 2011. España. Pág. 54. 

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