Catedrales (Miguel Sobrino)






La forma en que se ha publicitado este libro tratando de provocar la curiosidad del posible lector con interrogantes como «¿Sabía que en las entrañas de la catedral de Sevilla se esconde un cocodrilo gigante disecado? ¿Que el Papamoscas de Burgos no es el único que existe?…» hacía presagiar un libro de anecdótica intrascendencia que no se corresponde con la realidad, ¡afortunadamente!

Catedrales es mucho más que una colección de anécdotas y chascarrillos en torno a las catedrales hispanas, o mejor dicho, no es nada de eso. Tampoco es -no lo pretende- un libro de historia al modo convencional, cronológicamente descriptivo de estas megalíticas construcciones y estilísticamente analítico de su faceta artística, sino un paseo por 25 de las más de 60 catedrales que se alzan en España bajo una mirada personal del autor que, como resultado de su minuciosa observación y conocimiento, es capaz de poner de relieve los aspectos menos manidos, pero no por eso menos interesantes, de los templos catedralicios.

El autor adopta una postura muy personalista al enjuiciar determinados hechos, en particular los que se refieren a las restauraciones que han «padecido» en la mayor parte de los casos nuestras catedrales. En efecto, al no ser un libro de Historia de obligada objetividad -si ésta existe- sino una descripción desde diversos puntos de vista, el artístico entre ellos, y siendo esto algo que atañe a los sentimientos y emociones que la contemplación produce, es inevitable la subjetividad como expresión de la visión de cada uno. No es pues criticable este enfoque pero sí digno de ser advertido, pues es tan vehemente en la ardorosa exaltación de algunas actuaciones, para él afortunadas, como en el acre vituperio de aquellas otras que le parecen reprobables. Estar de acuerdo o no con tales apreciaciones es cosa de cada cual.

Por la cualidad ya señalada que posee el libro de no ser propiamente histórico, pero tampoco científico o de investigación, no está sujeto al rigor formal que en otro caso se le podría exigir y se permite abundar en múltiples digresiones sobre temas colaterales que amenizan y aun enriquecen el hilo descriptivo general. Todo ello expuesto con un lenguaje fluido y correcto en el empleo de la terminología constructiva y artística aunque sin caer en el abuso del léxico especializado. Comprensible, pues, y grato de leer para cualquiera, por mínimo interés que se tenga sobre el devenir de estas obras arquitectónicas perdurables a través de los siglos.

Una cosa más, venga o no a cuento aquí: he advertido un par de errores de esos que se deslizan de rondón y escapan a la atenta lectura de los correctores. En la página 109, donde dice «…la guerra que enfrentó a Pedro I con su hermanastro, Enrique IV de Trastamara» es evidente que quiere decir «Enrique II de Trastamara». Más adelante, en la página 151, se puede leer «…Córdoba recibió durante su etapa islámica multitud de visitantes llegados de territorios cristianos. Algunos fueron tan señalados como el rey Sancho el Fuerte, apelativo que describía eufemísticamente la obesidad que sufría el monarca navarro, tratada y curada por los médicos judíos de Abderrahmán III.» Quien acudió a Córdoba para ser tratado de su obesidad y, de paso, para recabar ayuda del califa para recuperar su reino fue Sancho I de León, llamado «el Craso», que obviamente no era monarca navarro sino leonés. Sancho VII el Fuerte de Navarra nada tuvo que pedir ni que agradecer a los agarenos y por eso los combatió con éxito en Las Navas de Tolosa, lo que sucedió dos siglos y medio después.

Resumiendo mi opinión: me ha gustado.

Anthos
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